Diario de la Transformación
(fragmento)
Karina Macció
2003

Aunque siga escribiendo
(yo? él? ella?)
nunca se va a terminar


(equis al despertar)


El cuerpo se mueve poco, destituido en la mañana, un informe. Su color sombra, amarilla y espesura, contrasta en la escena donde rompe la luz blanca, agujera....Se abre..Sé..acá.......Entoncesun..poco.más.lejos...........Otra vez acá..........Enotropunto....Es una caja torpe..perforada-----------Los haces latigan en un número que no funciona. Los pedazos permanecen, expectantes, niños de ojos abiertos, sin palabras mágicas, sin anda-luz. El cuerpo, algo que no existe, pero que ella, supongo, insiste en decir, descubre su mano caída (tan sólo la mano perfecta, un souvenir romántico sobre un pañuelo rosado, junto a un guante verde porque sí, porque al menos de esa manera puede pensar algo) sobre un montón acolchado, tierno de carne. Entre plumas, una mano levanta la otra y la otra cae, afinada, adoquín. "¡Despierta!" casi grita, y el oído de gasa no respira, lívido, congelado en el espejo, es talla, de un charco que él pisó, creo, cuándo? Hacia abajo, vuelto sin cielo en sí, suena simple, sin decir. Empieza un extraño recorrido, el ojo. Lanzado: busca no sé qué, sonámbulos en compañía, en forma de plato, volador. Uno de los dos -él o ella, ¿o son siempre ellas, mellizas?- dirige docente, desea, un orden. Al fin. Viene a examinar el revés de los brazos. "Estuve atada, otra vez"-----------------------------------------------------------------El músculo tira insoportable. Con empeño, no va a dejar su dolor. Lo guarda en cofrecitos morados, aterrados en la piel bordó. Las minutas llavecitas deformes no existen. Nada en el mundo podría entrar ahí, así, ahora, cómo está. Ese lugar fue molestado y abandonado. Ruina o Runa, tu nombre Reina, on the stage, no eras Shakespeare? No podías leer con los ojos cerrados... Quizás por eso el castigo, la crucifixión. De todas maneras, entonces, hubo un cuerpo, cara, en algún lado. Un charco recuerdo, nada más, pisado en el medio del polo de la noche glaciar. Sin embargo------------------------------------------------------Ese nocturno no deja indicios aceptables. Estas marcas no son válidas. Esa pierna itinerada sólo quiere sus dedos, que la agarren como a un zapato. Que la hagan caminar. Pocas horas más tarde, en el baño, con los brazos alzados. La "operación" no dolió en el momento. Viene después, de a poco, en las transiciones del día, en oleadas perezosas de amaneceres y otros. En cualquier lugar que mire, las nubes parecen tortugas imantadas, paleolíticas. Él parte, él mismo, su ida. De afuera, todo se ve lata, almíbar, prisión que dispersa, miembros marinos. ¡Hay torres enteras para tirarse, miles de cuerpos para armar! Como una gran tarea, no me importa. Es éste lío el que tengo, el propio crimen de la noche o de un momento cuando salí y dejé abierto, inconsciente, arrojada.

***

Sueño 1
Un chino me rapta. No sé cómo: aparezco raptada, andrajo, primero de blanca, después negro.
Varios chinos. Al menos dos que se descuidan de mí para ver el futuro: la tortura que disfrutan ritual, snuff. Yo miro que ellos miran lo que están mirando: no veo más que piernas y un cuchillo a lo lejos, chiquitito, sube y baja, sube y baja, rítmico, rojizo, rojo, rojísimo.
Veo qué piensan y medio desnuda tengo que escapar. Tengo que escapar y ahora no me miran, divertidos o excitados. No respiro no lato la presa pronta y fugaz: la puerta mal cerrada y como nada la abro empiezo a correr: cámara lenta, entre aguas pegada, la parte de abajo hecha bloque hasta que se separan las piernas. Es un nacer. Crecen, se alargan, más rápido más rápido sé que van a venir
Negro afuera y yo Negra ahora, con las tetas al aire en punta de frío que hace pero es bueno, como nunca sentido salir del sopor irreal que rapta. Un drugstore porteño. Telefónica adentro y unos esposos que me ayudan, desquiciada, robada o violada, se asustan pero no puedo hacerles daño. Víctima soy, o parezco, y me repugna.
Me olvido de lo expuesto.
***

(mi caXa)


Una caja extremadamente negra, lustrosa, revestida de un resplandor pegado, un vidrio pátina. Sólo minutos después sabré el género distinto y su desproporción. No hay nadie ahí. Tengo que reponer una sala, blanca y a baldosas cuadradas, así en un punto se levanta el ahora cajón. Recostadas encima, rosas blancas bien Abiertas: Sorrprendidas, Despeinadas. Sospecho que si ellas me miran no puedo ser yo. Trato de recordar, pero el escenario minimalista patina : una a m p l i a p i s t a d e h i e l o : vuelve sobre sí : me remite a él. Desértico, avanzo. Antes lo había pensado. Nunca un cajón, quizás caja, cajita delicada, tallada, florcitas para siempre arrugas tras el cristal. No la baldosa rebordada de negro, encerrada en su blanco, ahogo de listón acolchado por dentro, ese raso blanco de novia dormida * , la puntilla que asoma, jubilosa de qué? No alinda pero entorpece la situación. La calada, entredós artesanal, falaz caso de alegría en tela, sobresale con volados una carne curada.
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Está adentro. Esto es: afuera. Nadie me dijo nada y me pusieron acá, así, impresentable, ignorante, abombada. Las baldosas son tan firmes como huesos, enderezan mi torpe andar. Hacia allá, no entiendo por qué el hospital para muertos ¿ya tienen listos los cajones? ¿tan resueltos? Una línea de embalaje para la obrera perdida. Por eso no tengo zapatos y un vestido ridículo, túnica de vapor, casi no siento, nada mi tronco detenido. Los brazos amarillos, fosforecen tallos, azul-verde-si sigo mirando-violeta y empezarán a mezclarse, a derivar, venosos. Tengo que concentrarme para acabar. En todo. Hacia allá me muevo y está cerrado. Que vea adentro me perturba. Los pies pobres en este piso carmelita refriegan mis ojos y entonces toco. No se huele. Decepciona. ¿Será plástico? La mano mancha la Tapa que me impacta Enorme, Elefante. ¿Será marfil? No fui alguien de texturas refinadas, se nota. Una oruga, un reciénacido se desliza en la pista del Rockefeller Center. Por lo tanto sí viví algún día de turismo enamorado y tapas brochure multicolor. ¿Es el príncipe ahí? ¿Debo destaparlo y revivirlo? ¿Debo morir con él, veneno en la boca y daga en el vientre? ¿Debo casarme? ¿Es esto vestido de virgen, perlas de rosarios que agarran? Nadie habla ni reza. No hay ruidos. Mute a la imagen. La pantalla inodora : : una tapa punteada: : en la palma cosquillea. Es un principito. Tiene pelo larguísimo con bucles dorados. Una figurita. Fue mi alumno, mi amigo, mi primo de sangre, incasable, hijo en la pileta, desnudo, sobre mí. El principio. Con ojos razgados color té miraba enseñarle la lengua. Y lo amé. Ahora, despierto, se va. El cajón ciega de manos las flores arrancadas. De chica tuve rulos y nunca más. De chica jugábamos. Era el principito disfrazado. Ahora tengo que irme. No puedo verlo. No puedo quedarme, de morada.



* Mucho después vino hacia mí, de nuevo, la difunta Correa, Deolinda, perdida y encontrada en San Juan. La difunta fuente de leche inagotable, vida en el desierto para su hijo, trepado al pecho. Esta vez llegó en la voz de mi padre, que me contaba de las ofrendas infinitas, que transforman la nada del paisaje en la ciudad de los objetos amados. Entre autos, placas, flores y santuarios como casitas (de los más pudientes), una ofrenda me sorprendió: en un lugar se guardan vestidos de novia, muchísimos, distintos, blancos, con todas sus tonalidades. Los imagino saliendo de un placard, con olor a perfume viejo, y yo entre ellos, acariciándolos, reviviendo todos los "Sí, quiero", entregándome una y otra vez con cada traje.
No tuve -no quise- vestido de novia. Sólo el de mi mamá, sin tul, ni velo.